“Estoy segura, elegí mala época para dejar de fumar, pero lo conseguí.

Nunca habría sido un buen momento.

Cuando estás enviciado hasta las trancas dejarlo nunca parece buena idea” .
(Anónima anómina)  

Dos años sin fumar

El sistema me acababa de dar una patada, situándome en el rincón de los desechos difícilmente reciclables. Ser madurita y experta puede ser una virtud para según qué cosas pero, en el mercado laboral actual donde piden un junior como sinónimo de “uno que no se queje porque va a cobrar menos que poco”, ser madurita es un criterio para el descarte. Además, trabajar en ese otro montón de cosas necesarias pero difícilmente definibles y muy valoradas de boquita sí, pero escasamente defendidas cuando las cosas se tuercen, me hacía tener la sensación de perdida. Casi que, sin ser creyente, entendía la frase : “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”
Paisaje

Comprobé en mis carnes lo de que a perro flaco todo son pulgas, y no porque estuviese esbelta, ya querría yo. Además de sin trabajo y fuera del sistema, estaba más sola que la una. Al olor de la miel todas las abejas acuden, pero no pasa lo mismo con la mierda. No vinieron ni las moscas.

Más sola que la una pero casi mejor, porque esta batalla la tenía que ganar yo. Era yo quién tenía que dejar de fumar, era yo quién fumaba y era yo quién tenía que dejar de hacerlo. Estoy segura, elegí mala época para dejar de fumar, pero lo conseguí. Nunca habría sido un buen momento. Cuando estás enviciado hasta las trancas dejarlo nunca parece buena idea .

LA DECISIÓN

Llevaba tiempo rondándome la idea, había intentado controlar la cantidad de tabaco (cosa que no sirve para mucho, ahora ya lo sé, aunque callo cuando escucho a un fumador decir que si pudiera controlar la cantidad….) pero, lo que me convenció fue la pasta. Me estaba fumando el sueldo que ya no entraba en mi casa. Cada uno tiene que buscar su razón, la mía fue esa. La de mi pareja, hace más años que yo, fue nuestra hija. La suya parece más digna que la mía, pero ambas valen. La salud debería de ser la primera, pero cuando uno está enviciado hasta las trancas ya hasta asume que ha perdido la salud.

EL PROCESO

En mi caso, me ayudé con medicación. Esos tres meses de pastillas caras los daba por bien invertidos si conseguía dejarlo. Mira que son caras las pastillas, no te lo cubre la seguridad social, pero me habría gastado más fumando esos tres meses.
El efecto de las pastillas es claro, rompen la asociación mental del tabaco con las sensaciones placenteras. Pronto empiezas a notar que el tabaco no está tan bueno como te parece, de hecho, yo dejé de fumar antes de la fecha marcada como el gran día.
Dejé de fumar un 12 de noviembre como bien consta en la web “Hoy no fumes” que creé mientras estaba en el proceso y porque en ese entonces estaba aprendiendo a hacer páginas web. Si te fijas al fondo de esa página hay un contador (que aún funciona) del tiempo que llevo sin fumar.  Mi fecha prevista era el 15, pero el día 12 me animé porque quería cambiar los referentes en mi memoria, quería que los 12 de cada mes fueran una buena fecha para recordar (me despidieron un 12).

LA LIBERTAD

Lo conseguí, le doy las gracias eternas a Pepa, la enfermera de mi Centro de Salud que me acompañó en este proceso e hizo que ganara yo la batalla. Ella aún no entiende por qué le dije que lo de dejar de fumar era lo mejor que me había pasado en aquel 2012 (para qué le iba a amargar con mis penas).

La guerra Rouse
-¿Qué siento? Libertad.
Ya no me tiene atrapada el tabaco, ya no me angustia pensar en que voy a estar en un sitio en el que no voy a poder fumar. Si por ejemplo, voy a un juicio por despido sufro porque es desagradable verte en esa situación de “Guerra de los Rose” con la empresa a la que tanto quisiste, y a la que tanto conoces como para, por ejemplo, haber hecho muchos de sus mejores anuncios de autopromoción.  Sufro por eso pero no por no poder fumar. Fumar no alivia el dolor.

A veces me llega el olor a tabaco. El que invade mi respiración no es agradable. Huele mal.
A veces regresan sensaciones de tabaco, eso es lo que más cuesta. Más que el mono físico, lo más difícil es aprender a vivir una vida sin tabaco. Hacer un montón de cosas sin el cigarrillo en la mano. Y de repente (cada vez menos), piensas que en ese momento tú te fumarías un cigarrillo, y no lo haces porque sabes que después de ese viene la jaula, la cárcel, la privación de libertad. Lo que más me gusta de estos dos años es eso, la sensación de libertad.

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